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Nanjing, la herida abierta

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Estudiantes chinos visitan el Monumento en Memoria de las Víctimas de Nanjing el 13 de diciembre de 2013

El 13 de diciembre de 1937 seguirá grabado a fuego en China como el día más horrendo de su historia reciente. La fatídica jornada, catalogada por los historiadores como la Batalla de Nanjing, y rebautizada por los chinos como Masacre o Violación de Nanjing marca sin duda uno de los crímenes de guerra más sangrientos del siglo XX, perpetrado por un Ejército Imperial Japonés ejecutor del ansia despótica de un régimen feudal que acabaría sucumbiendo años más tarde en la Segunda Guerra Mundial.

Los hechos son sobradamente conocidos en Pekín, que ha explotado el tema hasta la saciedad en todo tipo de manifestaciones culturales encaminadas a exaltar el fervor patriótico, desde la creación del Museo a la Memoria de las Víctimas de la Masacre hasta la edición de numerosas novelas o producciones cinematográficas, entre ellas la galardonada 13 flores de Nanjing, de Zhang Yimou.

Ese mismo día de hace ahora 76 años, el ejército nipón asedió y arrasó la ciudad china, que había sido abandonada a su suerte por las tropas del Ejército Nacionalista. Aunque es difícil calcular el número de muertes (cifrada en 300.000 por el Gobierno de Pekín), hay cierto consenso en considerar que la ocupación fue una auténtica salvajada inhumana, produciéndose múltiples casos documentados de humillaciones, mutilaciones, matanzas indiscriminadas y violaciones masivas a la población civil (se calcula que fueron violadas 30.000 mujeres, incluidas niñas, a las que se les practicaba las peores atrocidades imaginables antes de asesinarlas).

La masacre de Nanjing fue utilizada como elemento de cohesión nacional durante los años más duros del comunismo, aunque no fue hasta la Revolución Cultural que el ‘enemigo externo’ se convirtió en uno de los pilares fundamentales de concienciación nacional. Que China nunca olvida queda patente en las celebraciones anuales en memoria de las víctimas, pero ha sido en los últimos años en los que el recuerdo de can macabro acontecimiento ha adquirido un tinte todavía más patriótico. El argumentarlo de Pekín es sobradamente conocido. “A diferencia de Alemania, que pidió perdón por las atrocidades producidas por el régimen nazi, Japón nunca ha expresado una condolencia pública en relación con los crímenes de Nanjing”, declaraba el presidente Xi Jinping, siguiendo cacofónicamente un discurso arraigado desde hace años en la población civil. Sin embargo, es ahora, en medio de la escalada de tensión entre las dos potencias asiáticas, cuando la memoria de Nanjing adquiere un especial significado, haciendo rebrotar viejas heridas patrióticas que nada contribuyen a la distensión.

 

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