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La trampa de la porcelana china

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El suicidio de un vecino de Guangzhou la noche del pasado 31 de diciembre ha sacudido recientemente a los internautas chinos, que criticaban en las redes sociales el monstruo sin escrúpulos en el que se está convirtiendo una sociedad cada vez más competitiva y egoísta. Los hechos no dejan de ser dramáticos: según el diario Southern Metropolis Daily, Wu Weiqing, de 46 años, circulaba con su motocicleta la noche de Año Nuevo cuando vio a un anciano que aparentemente había sido arrollado, con lo que decidió llevarlo hospital e incluso pagó el recibo médico (en China la sanidad no es gratuita). Hasta aquí todo normal, si no fuese porque, según las declaraciones de su esposa, la familia del herido demandó posteriormente a Wu por el atropello, pidiendo por ello una cuantiosa suma en concepto de compensación que el buen samaritano, basurero de profesión, era incapaz de abonar. La presión ejercida por la familia y la policía, según la viuda, fueron demasiado lejos, hasta provocar el fatal desenlace.

Las redes sociales pronto se encendieron criticando la falta de escrúpulos de la familia del accidentado. “¿Qué le pasa a nuestra sociedad?”, escribió el usuario de un microblog. “¿Es posible que alguien pueda volver a ser un buen hombre?”. La enorme competitividad que deben soportar los ciudadanos chinos contemporáneos, sobre todo en las grandes metrópolis del país, unido a la falta de garantías sociales gratuitas como la sanidad, hace que en ocasiones la antigua camaradería propia del antiguo régimen comunista de paso al afloramiento de un individualismo extremo, en ocasiones patológico, que acaba dando lugar a episodios como el relatado anteriormente. Pese al aluvión de críticas vertidas en Internet criticando la hipocresía de una sociedad injusta y cruel, a bien seguro que después de conocer la historia de Wu Weiqin muchos ciudadanos chinos se lo pensarán dos veces antes de decirse a ayudar al prójimo.

Dicho esto, sería hipócrita culpar solo al desarrollo económico del aumento del egoísmo en detrimento de valores como la solidaridad o el compañerismo en el Gigante Asiático. El episodio de Wu Weiqin no es nada más que un calco del fenómeno llamado peng cì  (碰 瓷), que podría traducirse como “romper la porcelana”. Se trata de un antiguo engaño llevada a cabo por los nobles necesitados de recursos de los últimos años de la dinastía Qing, los denominados (bā qí zǐ dì)  (八旗子弟), los cuales dejaban estratégicamente colocadas piezas de porcelana esperando que alguien las rompiera para pedir una compensación. Una práctica despreciable que ha sobrevivido el paso del tiempo hasta convertirse en un arma arrojadiza que alimenta la desconfianza como única manera de blindarse contra un atropello.

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