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El lado oscuro del turismo en China

 

 

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Este verano he comprobado en carne y hueso las consecuencias del auge del turismo masificado en China. Está claro que Pekín se vanagloria dentro y fuera de sus fronteras de haber despertado un sector que está tirando con fuerza de la economía nacional al mismo tiempo que saca pecho ante las estadísticas oficiales. Cabe recordar que el País del Centro goza de innumerables tesoros naturales, arqueológicos, arquitectónicos y culturales a explotar desde el punto de vista turístico, por lo que no es de extrañar que el nuevo Ejecutivo esté decidido a exprimir al máximo un sector aún por explorar.

Antes de describir mi ‘aventura particular’, cabría tener en cuenta que China es todavía un país en vías de desarrollo en el que el sector terciario está, literalmente, ‘formándose’, intentando tomar el relevo de una industria en derribo controlado (al menos aparentemente) por el Gobierno. En este sentido, las altas expectativas del sector turístico han hecho que la demanda esté desbordando a la oferta, con lo  que, en un país de más de 1.300 millones de habitantes, es de imaginar la dimensión que adquiere un sector tan lucrativo como caótico.

Mi odisea empieza muy temprano una mañana de agosto en  Xi’an. Formo parte de un grupo organizado (todos ellos chinos) para visitar, por este orden, los baños imperiales Huaqing y el complejo de los famosos guerreros de terracota. Es la única posibilidad que se me ofrece, aunque son varias las ‘agencias’ organizadoras. La otra es apuntarme a un grupo de extranjeros por un precio más elevado, sin la visita a los baños de Huaqing y con una ‘parada obligada’ en un restaurante.

Una vez subo al autocar, avanzamos entre el atasco habitual que se forma en la ciudad todas las mañanas (y todas las tardes), hasta desembocar en una parada de autobuses (?!), donde nos indican que debemos cambiar de vehículo (por supuesto, uno más estrecho e incómodo). Realizado el trámite, esperamos media hora a que llegaran los últimos 4 miembros de la expedición, una familia que se había tomado su tiempo para desayunar algo antes de emprender el viaje (si lo llego a saber hago lo propio, pues, conociendo lo estrictos que son los chinos a la hora de organizar  eventos, había salido del hotel sin probar bocado y sin saber cuándo tendría la oportunidad de comer). Cuando por fin nos ponemos en marcha, son las nueve de la mañana (habíamos sido citados a las 7.30 horas), con lo que no nos queda otra que atravesar de nuevo las principales arterias de la ciudad en hora punta. Mientras avanzamos, el supuesto guía, micrófono en mano, se dispone a explicar los acontecimientos históricos y las características del mausoleo del primer emperador de China, en cuyo subsuelo moran ‘dragones’ (?), mientras deja claro el  interés y el esfuerzo del Gobierno chino por la preservación de su patrimonio. Avanzado su soliloquio, ante la pasividad de la audiencia, pasa a detallarnos la organización del viaje, y he aquí la primera sorpresa: además del itinerario contratado, la excursión incluye 3 extras: la visita a un museo en el que se reproduce artificialmente la tumba del emperador, una parada en un ‘comedor’ (que no restaurante) y, ya entrada la noche, un espectáculo de baile  de artistas ataviados con atuendos de la dinastía Tang. Ninguno de los presentes ha contratado es paquete, por lo que el guía insiste fervientemente en incluir esos destinos, a cambio, claro está, de un precio convenido (por él). Logro salir del paso contratando el museo y el comedor, aludiendo que me es imposible ir por  la noche al  espectáculo de la dinastía Tang porque tengo que volar esa misma noche de regreso a Shanghái (falso). Aunque no se lo cree, accede a regañadientes, después de cobrar el debido suplemento. Mis compañeros de viaje hacen lo mismo, exceptuando la familia que había llegado tarde, que, después de una pequeña discusión, aceptan a desgana alargar la excursión hasta la noche.

Todos estamos allí por un único motivo: visitar los guerreros de terracota. Sin embargo, so pretexto de que se nos había hecho tarde (única verdad hasta el momento de aquél supuesto guía),  nos advierte de que hay un cambio en la ruta (segunda sorpresa). Visitaremos primero los baños de Huaqing, después la reproducción de la tumba y pararemos a comer algo en el llamado ‘comedor’.

No hace falta mencionar el calor y la aglomeración de gente que nos encontramos en los baños de Huaqing, un recinto que, pese a gozar de un emplazamiento con todos los los beneficios del ‘fengshui’, sus efectos eran anulados por la oleada de personas que se agolpaban siguiendo a sus respectivos ‘guías’ a golpes y empujones. Me sorperndió comprobar la resistencia del personal, especialmente de ancianos muy mayores y niños, teniendo en cuenta de que a aquella hora de la mañana el termómetro superaba los 40º centígrados.

Salimos de la ‘visita relámpago’ y nos encaminamos de un salto de nuevo al autocar, que nos lleva a un complejo que reproduce ‘a su parecer’ la tumba del emperador. Una visita prescindible de dudoso rigor histórico. El guía, eso sí, esta vez se queda fuera, esperando tranquilamente.

Tercera fase del periplo: parada técnica para comer. Miedo. Accedemos a un aparcamiento con decenas de autocares, que, como nosotros, vomitan visitanes ávidos de llenar sus estómagos. Entramos en un recinto enorme atestado de mesas donde se agolpan (no exagero) varios centenares de personas. El calor es insoportable y antes de entrar tenemos que hacer cola para recoger dos tarjetas, que en ese momento nadie sabe para qué demonios sirven. Una de ellas nos permite la entrada al recinto,  la otra se intercambia por una bandeja parecida, pienso, a la que deben facilitar en cualquier cárcel del país. Tenemos 15 minutos para comer y lo único de que dispongo es una bandeja vacía. Lo peor es intentar hacerse con algo de comida de las viandas que se agolpan al fondo del pasillo atacadas por decenas de personas que no dejan ni un grano de arroz. Lo único  que consigo es hacerme con plato de rodajas de pepino, que, dicho sea de paso, no tienen muy buena pinta. Me doy cuenta de que el calor cada vez más sofocante es debido a que se ha ido la luz, y, por ende, no funciona el aire acondicionado. La compañía de mis compañeros comensales lo hace todavía más agobiante y de repente, movido por el gentío intentando hacer acopio de algo de comer, compruebo que se está nublando la vista. Decido abortar misión y buscar la salida lo más rápido posible antes de desfallecer. La encuentro después de pasar por un edificio adjunto en el que, cómo no, los comensales que han logrado probar bocado se agolpan esta vez en busca de algún souvenir.

Intento beber agua y comer unas galletas que traía en la mochila para reponer algo de fuerza. Son las 14.30, no he comido nada y aprieta un calor sofocante, pero aguanto como puedo con vistas a alcanzar mi destino: los preciados guerreros de terracota. Una vez allí de nuevo el gentío saliendo de sus respectivos autocares. El guía nos anima a tomarnos una fotografía de recuerdo ‘gratis’. No me fío. Intento hacerme el sueco con los chinos y me salgo del grupo con la excusa de que estoy cansado. Todavía queda un kilómetro de camino a pie antes de accedeer a la puerta de entrada al recinto, y el guía aprovecha para ‘organizar la entrada’. Sí, ‘organizar la entrada’. Me recuerda a cuando era joven y nos ‘organizábamos’ para entrar en la discoteca y superar con éxito la barrera del ‘segurata’ de turno. Es algo parecido, nos divide en varios grupos y a mi me hace entrar junto a un chavalín de no más de 13 años. “Si te preguntan le dices que sois amigos” (???) Alucino. Se supone que he pagado por una entrada, con la que debería acceder sin problemas. Descubro que de todo el grupo solo 3 personas disponemos de entrada. Yo (el extranjero) y dos menores. El resto acceden presentando el DNI, so pretexto de una ‘supuesta’ invitanción. Tercer tongo. Me doy cuenta que el supuesto guía ha comprado solo 2 entradas de  las 12 cobradas. Se ha repartido el dinero con algún ‘compinche’ de seguridad para entrar el grupo entero. Después de dos controles de entrada llego por fin a la meta.

Lo vivido dentro del recinto es también sui generis. Una guía con aspecto militar nos adentra en las diferentes fosas “a golpe de pito”. Siguiendo la disciplina castrense hacemos caso a nuestra ‘sargento’ , quien nos ‘anima’ con soflamas marciales a soportar el calor y la masificación y, sobre todo, a no demorarnos. A mitad del trayecto hacemos una breve pausa bajo unos árboles. Por un momento pienso que la sargento se ha apiadado del pobre extranjero que intentaba seguir con esfuerzo el ritmo sin rechistar. Sin embargo, pronto descubro que hay algo más. De repente empieza a advertir a los visitantes de que no caigan en la trampa y eviten comprar jade falso. Insiste en que están allí para ver los guerreros de terracota, no para comprar, y nos recomienda que evitemos caer en la tentación (amén) de las decenas de vendedores que esperan al viajero al final de trayecto. Me sorprende su sinceridad, pero me mosquea su insistencia. Evidentemente, al final de la visita compruebo que nos dirige hacia el final del pasillo de comerciantes, donde, según ella, venden el ‘jade auténtic0’. Intento escabullirme de la trampa pero compruebo que la guía está siguiendo todos nuestros movimientos, y cuando avierte mi movimiento de fuga no duda en indicarme el mejor sitio para comprar.

Acabada la aventura, temo que el guía nos haya dejado tirados (una práctica común en China cuando los miembros del grupo se niegan a contratar servicios extraordinarios), pero compruebo con alivio que nos está esperando. Misión superada. El guía se despide a medio camino mientras cuenta la propina cosechada. Está contento e incluso nos da las gracias por hacerle la vida “un poco más fácil”. Todos contentos. Me pregunto dónde irá a parar todo ese dinero negro mientras recuerdo los consejos del presidente Xi Jinping de aprender de los ‘errores del pasado’. Una experiencia extenuante, asfixiante que, sin embargo, merece la pena vivir.

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